Nos hará bien a todos nosotros, obispos, sacerdotes, personas consagradas, seminaristas, preguntarnos en este lugar: ¿quién soy yo ante mi Señor que sufre?
¿Soy de los que, invitados por Jesús a velar con él, se duermen y, en lugar de rezar, tratan de evadirse cerrando los ojos a la realidad?
¿Me identifico con aquellos que huyeron por miedo, abandonando al Maestro en la hora más trágica de su
vida terrena?
¿Descubro en mí el doblez, la falsedad de aquel que lo vendió por treinta monedas, que, habiendo sido llamado amigo, traicionó a Jesús?
¿Me identifico con los que fueron débiles y lo negaron, como Pedro? Poco antes, había prometido a Jesús que lo seguiría hasta la muerte; después, acorralado y presa del pánico, jura que no lo conoce.
¿Me parezco a aquellos que ya estaban organizando su vida sin Él, como los dos discípulos de Emaús, necios y torpes de corazón para creer en las palabras de los profetas?
O bien, gracias a Dios, ¿me encuentro entre aquellos que fueron fieles hasta el final, como la Virgen María y el apóstol Juan? Cuando sobre el Gólgota todo se hace oscuridad y toda esperanza parece apagarse, sólo el amor es más fuerte que la muerte. El amor de la Madre y del discípulo amado los lleva a permanecer a los pies de la
cruz, para compartir hasta el final el dolor de Jesús.
¿Me identifico con aquellos que han imitado a su Maestro y Señor hasta el martirio, dando testimonio de hasta qué punto Él lo era todo para ellos, la fuerza incomparable de su misión y el horizonte último de su vida?
La amistad de Jesús con nosotros, su fidelidad y su misericordia son el don inestimable que nos anima a continuar con confianza en el seguimiento a pesar de nuestras caídas, nuestros errores y nuestras traiciones.
Pero esta bondad del Señor no nos exime de la vigilancia frente al tentador, al pecado, al mal y a la traición que pueden atravesar también la vida sacerdotal y religiosa. Advertimos la desproporción entre la grandeza de la llamada de Jesús y nuestra pequeñez, entre la sublimidad de la misión y nuestra fragilidad humana. Pero el Señor, en su gran bondad y en su infinita misericordia, nos toma siempre de la mano, para que no perezcamos en el mar de la aflicción.
Él está siempre a nuestro lado, no nos deja nunca solos. Por tanto, no nos dejemos vencer por el miedo y la desesperanza, sino que con entusiasmo y confianza vayamos adelante en nuestro camino y en nuestra misión.
Ustedes, queridos hermanos y hermanas, están llamados a seguir al Señor con alegría en esta Tierra bendita. Es un don y una responsabilidad. Su presencia aquí es muy importante; toda la Iglesia se lo agradece y los apoya con la oración.
Desde este lugar santo deseo dirigir a todos un afectuoso saludo y deseo asegurarles que los recuerdo con afecto. Los exhorto a ser testigos de la Pasión del Señor.
Imitemos a la Virgen María y a San Juan, y permanezcamos junto a las muchas cruces en las que Jesús está todavía crucificado. Éste es el camino en el que el Redentor nos llama a seguirlo. No hay otro, es este.
"El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí estará mi servidor". (fin)
Desde nuestra Hermandad Sacramental, oramos por todos los hombres y mujeres de bien que han consagrado su vida al Señor para que sean fermento de vida en nuestras Comunidades y especialmente por los Sacerdotes de nuestra Parroquia Manuel Sanchez -nuestro Director Espiritual-, Jose Manuel -Chema- y por el Diácono Manuel Marín y nuestro seminarista Manolo; por los Párrocos de Pañoleta D. Fernando Camacho y de La Fuente D. José; así como por todos aquellos sacerdotes naturales de Camas y aquellos que a lo largo de nuestra historia han estado presentes en nuestras Comunidades, que son testimonio de fe en nuestra tierra y también por todas las religiosas que han sembrado esperanza en nuestro pueblo. Damos gracias a Dios por su aliento y su presencia en la vida de nuestra Hermandad.
Bendícelos Señor a ellos y a sus familias y dales tu Espíritu Santo para fortalecerlos en la bendita y santa tarea que tienen encomendada anunciando tu Resurrección en nuestras Vidas. Amen.